jueves, 30 de noviembre de 2017

LXS NIÑXS RESPONDEN ANTE EL TERREMOTO

 Por Ana Solís Y Diana Rico

"¿Es posible jugar y conservar el sentido del humor mientras se abordan con eficacia situaciones angustiosas, alarmantes o peligrosas?" (Freeman, Epston & Lobovits, 2001). 

Esta es una pregunta que tiene relevancia en estos momentos en México, luego de los sismos del 7 y 19 de septiembre del presente año.

Después del terremoto, lxs niñxs se quedaron con mucha preocupación, nerviosismo y miedo de que vuelva a ocurrir otro terremoto. Su vida cotidiana se trastocó y algunxs tardaron semanas en poder regresar a clases.

Tuvimos la oportunidad de reunirnos con un grupo de niñxs en Casa Hogar Margarita, organización que nació en 1998 y que beneficia a niñas y adolescentes de entre 4 y 18 años de edad, provenientes de familias desintegradas de escasos recursos, así como a algunos niños en edades tempranas. La Casa Hogar les brinda la atención y educación adecuadas para permitirles romper con el círculo de pobreza y violencia en el que viven. El grupo con el que trabajamos estuvo formado por  8 niñxs de entre 3 y 8 años de edad. Nos acompañó también una jovencita de 14 años, quien estaba muy afectada por lo sucedido pues vio desplomarse un edificio frente a ella. Su participación fue de gran ayuda en el trabajo con el resto del grupo.

Con la intención de poder conversar con lxs chicxs sobre el terremoto, utilizamos el cuento "Cuando la tierra se movió", escrito por Josefina Martínez, Elena Sepúlveda y Rossana Culaciati e ilustrado por Carolina Durán, a raíz del terremoto ocurrido el 27 de febrero del 2010 en Chile. El cuento está planteado en una forma que empata en gran medida con  las ideas propuestas por las prácticas narrativas, que "contribuyen a enriquecer las descripciones de los saberes y habilidades generados en las historias de vida de las personas, mostrando su importancia y enfatizando la pertinencia que tienen en sus esfuerzos por responder a los problemas" (White, 2015, p. 49). A través del cuento, lxs niñxs pueden expresar sus emociones, temores y angustias. Mediante la escucha, la lectura y la conversación sobre la narración, pueden ir haciendo conexiones y reflexiones sobre lo que sucede al interior del relato, relacionándolas con su situación particular, para dar así su propia organización a la experiencia. Esto ayudó a lxs niñxs a expresar sus vivencias y a visibilizar las herramientas con las que cuentan para darle significado a estas situaciones de peligro, conflicto y temor.

Antes de empezar, pedimos permiso, tanto a la dirección de Casa Hogar como a lxs niñxs, para grabar la sesión con el fin de poder compartirla con otrxs niñxs que estuvieran pasando por la misma situación. Posteriormente, conversamos sobre las reglas del juego: Levantar la mano cuando quisieran hablar, no interrumpir cuando alguien estuviera hablando, no burlarse ni criticar a nadie, respetar lo que digan lxs demás, etc. Iniciamos la sesión preguntando si querían que les contáramos un cuento, a lo que todxs contestaron al unísono que sí.

"Cuando niños y adultos se unen, el juego ofrece un lenguaje común para expresar los pensamientos, las emociones y las experiencias" (Freeman, Epston & Lobovits, 2001, p.24).

Lxs niñxs poseían un conocimiento sobre el terremoto bastante amplio, fruto de lo que habían escuchado tanto de sus familiares como de otrxs compañeros, o lo que habían visto o escuchado en la televisión. Algunas explicaciones que dieron fueron: que “la tierra se  acomodó”, que “siempre está temblando pero ligerito” que “dos piedras chocaron y por eso sucedió el terremoto”, que “la alarma sísmica sonó hasta después de que empezara a temblar”, que supieron de “gente que se quedó atrapada”, que “algunos se fueron al cielo”,  etc.

Casi todxs estaban ávidos por contarnos cada detalle de cómo vivieron el terremoto del 19 de septiembre. Nos contaron que las maestras empezaron a llorar y por eso varias de las niñas lloraron; que veían cómo los edificios alrededor de la escuela se movían muy fuerte y casi se caían; que los llevaron al centro del patio para ponerlos a salvo. En ese momento aclaramos que los terremotos son un fenómeno de la naturaleza y por lo tanto, no son culpa de nadie, además de que nadie puede predecir cuándo volverá a ocurrir otro terremoto.

Entre los beneficios que encontramos al trabajar en grupo destaca la posibilidad que hubo de normalizar los sentimientos y comportamientos y crear un fuerte sentido de solidaridad: los niñxs se dieron cuenta que no eran lxs únicxs que tenían ganas de llorar; que el miedo o preocupación que sentían le pasaba a la mayoría.

Traer sus preocupaciones al grupo permitió compartir su experiencia y escuchar la de los otrxs compañerxs o amigxs, legitimar sus emociones y explorar cómo están procesando la vivencia en conjunto con otrxs que son importantes en su vida. Se atrevieron a relatar su propia visión de lo que ocurrió y a buscar maneras para sentirse mejor. Incluso Fany[*], que tiene poco tiempo conviviendo con los demás y al principio no quería participar, conforme fue avanzando la conversación fue confiando y fue participando poco a poco: era la primera que levantaba la mano para compartir lo que estaba sintiendo, señaló en un dibujo el grado de su preocupación, que era mucha. También Mary se pudo desafanar de la pena que sentía por haber llorado a partir de escuchar a otras compañeras que lo compartieron de forma muy natural.

Después, les pedimos que hicieran un dibujo o escribieran cómo habían vivido la experiencia. Algunos de los dibujos mostraban por ejemplo los efectos que estaba teniendo esta experiencia sobre su vida, como el de María Fernanda, que luego de hacer un dibujo en el que se veía ella al centro y alrededor puertas y ventanas, abajo escribió "Yo me sentí mal" y más adelante empezó a rayar la hoja con mucha energía. O Mary, que en un primer momento, cuando una de sus compañeras dijo que ella era la primera que había llorado, estaba molesta y tratando de defenderse; sin embargo, al mostrarnos su dibujo, pudo decir con tranquilidad "yo lloré" como liberada de una carga, y al mismo tiempo pudo reconocer sus recursos: "Lloré y luego me tranquilicé". Otrxs como Tan, que pudo mostrar lo que más valora: dibujó un árbol de cada lado de la hoja; en medio su mamá, de un lado él y del otro su mejor amigo, todxs agarrados de las manos.

Siguiendo con el orden del cuento, les mostramos un dibujo de caritas de diferentes tamaños, en donde ellxs señalaban el grado de preocupación que estaban experimentando. La mayoría dijo tener mucha preocupación. También se habló de las cosas que pudieran estar sintiendo o viviendo, al igual que muchxs niñxs. Ellxs levantaban la mano si les estaban ocurriendo cosas como no poder dormir, hacerse pipí en la cama, tener dolor de cabeza o estómago, tener ganas de llorar, andar desganadxs o cansadxs, tener enojo, querer estar todo el tiempo con sus papás o querer dormir con ellos. Casi todxs levantaron la mano a todo lo que dijimos.

Todo esto constituyó un andamio para hablar de sus habilidades y conocimientos; de lo que habían estado haciendo o podían hacer para sentirse mejor y para hablar con las personas en las que podían confiar.

Cuando hablamos de las cosas que podían hacer para sentirse más tranquilxs, Valeria, la chica de 14 años, comentó que una de las cosas que ella hacía era respirar; todxs estuvimos de acuerdo en que nos enseñara su método. Lxs niñxs estuvieron felices de hacer el ejercicio de inhalación y exhalación y varixs dijeron que se sentían mejor. La otra idea que les dio Valeria fue agradecer. Hicimos un espacio para hablar de porqué estar agradecidxs: “Por estar bien”, “porque no nos pasó lo que a otra gente que se cayó su edificio”, “porque no le pasó nada a mi mamá ni a mí”, “por tener un techo”, “por tener comida”; Ale de 3 años agradeció el “tener a mi mamá y a mi papá”.

Posteriormente, editamos un video en donde se muestra esta experiencia, con el fin de compartirlo con otrxs niñxs. Una persona que viajó a Oaxaca a visitar a su familia, que aunque no había sufrido daños materiales ni físicos, estaban como todas las personas, sensibles a esta situación, nos pidió el video para compartirlo con lxs niñxs de su familia en Oaxaca. Por cuestiones técnicas, hasta la fecha de publicación de este texto, no han podido verlo; sin embargo, prometieron enviarnos sus reflexiones así como un mensaje a lxs niñxs de la Casa Hogar.

Estos son algunos de los dibujos que lxs niñxs nos regalaron:

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REFERENCIAS

Freeman, J., Epston, D., & Lobovits, D. (2001). Terapia narrativa para niños. Aproximación a los conflictos familiares a través del juego. Barcelona: Paidós.
Martínez B., J., Sepúlveda O., E., Culaciati S., R. & Durán M., C. (2010). Cuando la tierra se movió. Chile.
White, M. (2015).  Práctica narrativa: la conversación continua. Chile: Pranas Ediciones.




[*] Para respetar la confidencialidad, los nombres de los niñxs fueron cambiados.
martes, 31 de octubre de 2017

LAS VOCES DE LO VIVIDO ANTE EL SISMO DESDE NUESTRA PRÁCTICA NARRATIVA. Documento colectivo desde las experiencias de Grupo Terapia Narrativa Coyoacán

Compilado y redactado por Leticia Uribe


Hace 13 años, empezamos a reunirnos como un grupo de estudio. En 2009 nos autonombramos Grupo Terapia Narrativa Coyoacán y nos consolidamos como grupo de difusión y enseñanza de las prácticas narrativas. En este momento somos 12 integrantes activas, que seguimos reuniéndonos cada quince días a estudiar, a compartir proyectos, aprendizajes, descubrimientos y experiencias dentro de nuestro quehacer en la práctica narrativa. En el último mes, este quehacer ha estado dedicado en gran parte a atender las vivencias del sismo del 19 de septiembre del 2017 en México, nuestro país. Esta experiencia nos ha cimbrado en todos los sentidos, a partir del día en que el suelo nos sacudió físicamente. Este mes y medio ha implicado para nosotrxs un reto y un enfrentamiento con la adversidad, conocido y compartido por quienes habitamos esta ciudad. Sin embargo, como terapeutas y como personas comprometidas con nuestro trabajo de acompañamiento a personas, ha sido también una oportunidad para aportar y aplicar lo que las prácticas narrativas ofrecen: encontrar a partir del dolor, la confusión, el miedo y la angustia, caminos alternativos de crecimiento, de esperanza y de compromiso con la vida.

Por esta razón, decidimos unir nuestras vivencias y nuestras voces en este documento, para dar testimonio, como comunidad para la comunidad, de nuestras experiencias ante el sismo. Como solemos hacer cotidianamente, también en esta ocasión nos movimos en dos planos: cada quien actuando desde su consulta privada, siguiendo proyectos por su cuenta o en pares o pequeños grupos, y al mismo tiempo compartiendo esta experiencia individual con el grupo y contribuyendo a los proyectos en común: en este caso, la formación y aplicación de grupos de conversación para recuperar-nos de los efectos del sismo.

Las voces de este documento son de quienes hoy conformamos el grupo activo: Cuqui Toledo, Mónica Duarte, Leticia Uribe, Manuel Turrent, Alejandra Usabiaga, Diana Rico, Tomoko Yashiro, Mireia Viladevall, Miriam Zavala, Ana Solís, María Eugenia Nadurille y Marina González; también aporta su voz Erika Valtierra, terapeuta narrativa en formación, que nos apoya en muchos de los detalles de nuestro trabajo grupal.


Ciudad de México, octubre del 2017.

Nuestras primeras reacciones ante el sismo fueron de susto, incredulidad, sentir que este no era un temblor como otros, mantener la calma para contener a alguien más, salir a la zona de seguridad, ponerse a salvo. También vivimos miedo: ante los ruidos, vidrios que se rompen, puertas de cristal que se pandean, árboles que se sacuden…

Después… buscar a lxs seres queridos, avisar que estamos bien, quienes localizaron pronto, tuvieron calma. Mensajes que iban y venían, lentos a veces. Si faltaba localizar a alguien, había angustia silenciosa hasta recibir noticias. Finalmente, todxs logramos encontrarnos, y entonces… pensar en la responsabilidad de estar bien.

A medida que fuimos enterándonos de que se derrumbaban edificios, de que había daños graves, gente atrapada, surgen recuerdos del 85, recuerdos de una abuela, de situaciones difíciles, la tenebrosa coincidencia de la fecha, miedo que permanece por días, que en este primer momento a algunas de nosotras las deja en shock, con ganas de no salir de la cama ni enterarse de nada.

Quienes estaban lejos de casa, buscaban regresar. Quienes estaban en casa, sienten la necesidad de salir, de ayudar, pero la ciudad es caos, no se puede llegar. Desde el primer momento se sabe: la gente en todas partes ha salido a ayudar.

Para nosotrxs fue importante pensar en ayudar creando comunidad, ayudar creando, no nada más dando cosas. Establecer vínculos. Sabíamos que nuestra responsabilidad era usar lo que sabemos hacer para buscar la manera de ayudar. Eso si, nos quedaba claro que no queríamos hacerlo en soledad que necesitabamos la fuerza de un colectivo para hacerlo.

Algunas nos sentimos divididas, entre salir a dar ayuda a otras personas, o quedarnos en obligaciones con nuestras personas queridas, que también nos necesitaban. Una de nosotras no tuvo elección, había que quedarse a atender a la persona más próxima; se descubrió sintiendo enojo por no poder hacer lo que le gusta: actuar como terapeuta; pero le ayudó ofrecer ese momento como una especie de sacrificio para quienes estaban en condiciones más difíciles.

Desde la mañana siguiente buscamos dar ayuda desde lo psicológico, algunas logramos conectar un poco con algunas personas, hacer ver que no estan solas, mandar mensajes a nuestrxs consultantes, dar consultas a distancia, por teléfono o presenciales de forma gratuita, viajar a los otros estados afectados a intentar dar terapia comunitaria. Pero en realidad, todavía no era momento para este tipo de apoyo, las urgencias eran otras. Sentimos frustración, que se apaciguó bastante cuando entendimos que lo primero que nos tocaba hacer era replegarnos, capacitarnos, saber cómo cuidarnos y tener estrategias de acción que nos ayudaran a ser efectivas.

Tocaba planear y organizar mapas para grupos de conversación, desde lo grupal y desde lo comunitario. Unirnos a esfuerzos de grupos que daban ayuda a distancia o recibiendo referencias de personas que requerían conversaciones, contención y alguien que les escuchara ante la crisis. Incluso algunas acudieron con brigadas a las zonas afectadas, conversando directamente con las familias.

A partir de ahí, fue compartir entre nosotrxs las experiencias: ¿qué cosa estamos haciendo que nos está funcionando y le podríamos compartir a otras personas? ¿Qué cosas necesitaríamos para sentirnos mejor? ¿Qué cosas podemos hacer como grupo? ¿Cómo nos podemos ayudar entre todas?

La ayuda empezó a ser más desde las posibilidades que nos abre la terapia narrativa: nombrar el problema, conversar hasta encontrar que hay más de un camino, cuestionar de dónde surgen esas etiquetas que duelen y paralizan y tomar postura para encontrar que siempre respondemos, para poder dar pasos con más claridad, desde los propios recursos, protegiendo lo que se valora.

La necesidad de terapia, individual o grupal, fue creciendo a partir de la semana siguiente al sismo. Pudimos estar pendientes de nuestrxs consultantes, atender llamadas de emergencia, estar pendientes de lxs niñxs que lo necesitan tanto. Consultantes antiguos que ahora volvían a pedir nuestro apoyo de manera urgente. Apoyar a alumnxs, familiares, amistades.

Muchas más personas de las directamente afectadas por los derrumbes o por las pérdidas, habían sido damnificadas, por la angustia que sentían, por la certidumbre que se había esfumado, por la vulnerabilidad tan palpable que se sentía en el aire. Parece que las personas que salvan su vida van a estar bien, pero conforme pasan los días tienen cuestionamientos, reflexiones, vaivén de emociones y una gran necesidad de contención.

Empezamos a aplicar los grupos de conversación que se habían planeado, aplicando la terapia narrativa comunitaria en una sola sesión. Trabajamos como solemos hacerlo, unas tienen una idea y la comparten con el resto y de ahí se va haciendo crecer con las aportaciones y las experiencias de todo el grupo. Por pares y por grupos, aplicar lo compartido en diferentes espacios que lo solicitaran.

El aprendizaje y la sensación de comunidad se fueron haciendo cada vez más grandes. Generamos, como otras veces, una reflexión sobre nuestra práctica, sobre lo que nos sirve para hacer mejor nuestro trabajo.

Buscamos escribir, tender la mano, oídos y corazón completo a otras personas. Vernos envueltas por los relatos de otrxs, y por los nuestros. Reflexionamos acerca de lo que puede obstaculizar nuestro trabajo, las creencias y expectativas que jugaban en nuestra contra. Hablamos de cómo cuidarnos. Hemos contado historias y escuchado otras más.

Valoramos el poder acompañar desde la esperanza que genera la narrativa y la voz de lxs demás, para apoyar a las personas que se sentían sin recursos para seguir enfrentando las situaciones que viven día a día.

Cada llamada que tomamos, cada conversación que tuvimos, fueron oportunidades para poner en ejercicio la solidaridad. Nadie se salva solx. Esta vez nos tocó a nosotxs ayudar para que otrxs estuvieran bien, mañana podría ser al revés. Era importante estar ahí, para que las personas supieran que no estaban solas.

Nos interesa reconocer la importancia de abrir el espacio para historias alternativas y no caer ante la culpa. Recuperar el valor de lo que se puede hacer desde cada quien, no dejarnos dominar por la impotencia. Relajarnos, tenernos paciencia a nosotras mismas. Validar distintas formas personales de hacer frente a la situación.

Valoramos nuestra profesión y la ética de colaboración y cuidado que la Narrativa nos ha enseñado tan bien. Muchas de las historias que escuchamos giraron alrededor de recuperar lo valioso y lo importante, a partir de experiencias que de entrada sonaban desoladoras y desesperanzadoras. Nos conmueve constatar que las preguntas narrativas rescatan las respuestas de las personas ante la adversidad y las destacan como puntos dentro de una historia que liga valores, sueños, esperanzas y personajes, al tiempo que ayudan a re-narrar esos episodios adversos y dolorosos como momentos luminosos. Desde las prácticas narrativas, trabajar trauma y hacer intervención en crisis lleva a las personas a encontrar recursos y esperanza en su propia experiencia y sabiduría.

Valoramos el autocuidado. El trabajo de terapeuta es mas continuo, no esta solo en la emergencia, no hay que saturarse porque esto es carrera de resistencia, esto va para largo y cuando pase la urgencia, tendremos que entrarle con más fuerza. Ponernos límites, tener claros nuestros alcances, no hacer lo que no nos toca. Detectar en qué si es útil nuestra ayuda y en qué no. Si la ayuda sobra en un lugar, mejor enfocarla en otra cosa. Hemos cuestionado la imperiosa necesidad de ayudar por ayudar.

Valoramos el trabajo en equipo, la cadena humana, entre quienes estaban en primera línea y quienes actuaban más en la periferia. Valoramos la compañía, el estar presentes y pendientes con quienes nos consultan. La importancia de las redes y de la conexión

A lo largo de todas estas experiencias, hemos aprendido y reaprendido que nuestro trabajo en grupo nos permite sumar la voz individual a las voces del resto, generando diferentes metodologías, probando posibilidades de acción y conversación, uniendo esfuerzos entre nosotras: Grupo Terapia Narrativa Coyoacán, y con nuestros grupos solidarios, como Casa Tonalá y Tocaltía.

Aprendimos a reconocer que cuando surgen preocupaciones importantes a nivel  personal, nuestras prioridades cambian, pero eso no impide que podamos hacer algo desde nuestro lugar, con nuestras posibilidades del momento y aplicando nuestras propias sabidurías. Aprendimos sobre nuestra flexibilidad y versatilidad. Corroboramos lo que la narrativa nos ha enseñado: tener una mirada apreciativa de la vida y de las personas, por encima de las circunstancias.

Aprendimos acerca de los tiempos en el proceso ante situaciones extremas como esta: nuestro papel como terapeutas es importante, pero hay que saber esperar el momento en el que las personas pueden tener claro lo necesitan, una vez que las cuestiones mas urgentes y prácticas se van acomodando.

Aprendimos sobre nuestros límites, sobre nuestras reacciones ante las emergencias, y sobre cómo medir nuestras capacidades.

Atestiguamos la actitud solidaria que a su vez se aprendió de generaciones anteriores. Constatamos cómo las personas saben que ese borbotón de ayuda y hermandad no es suficiente para que mejoremos como país. Que las personas valoran la actitud de comunidad que surgió ante el temblor, pero también saben que hay que hacer mucho más para que se mantenga. Hemos visto surgir la necesidad de volver a la normalidad después del evento de desastre, pero con la claridad de que esa “normalidad” no puede ser la misma de antes, que hay que mantener lo aprendido y hacerlo crecer.

Queremos honrar los vínculos que se formaron y las historias que hemos escuchado, estudiando más, preparándonos, aprendiendo, tomando cursos y difundiendo la práctica narrativa para que más personas se miren de este modo. Seguir dando una mano y caminar con otras personas. Y hacerlo cada día, dando un paso a la vez.

Escuchamos a nuestro cuerpo con más facilidad, dando mas abrazos, agradeciendo nuestros privilegios y actuando en consecuencia.


La oscuridad del caos retrocede cuando le anteponemos la luz de nuestras esperanzas y nuestras intenciones. Por eso, nos acompañamos y nos llevamos de la mano, como grupo, como comunidad, para prender nuestras propias velitas en la oscuridad.
jueves, 31 de agosto de 2017

LO PERSONAL SI ES LO PROFESIONAL: Pasos para una decisión ética en el trabajo con violencia

Por Alejandra Usabiaga del Moral


Cuando trabajo el tema de violencia, muchas veces me lleno de preocupación y angustia, sobre todo por la cantidad de aristas que incluye el tema y por las ganas de que todo salga bien y la persona violentada pueda estar a salvo, ayudada por la atención terapéutica, situación que normalmente tarda mucho en pasar, o en algunas ocasiones, no pasa.

Mercedes Martínez (2007), menciona que al trabajar con personas que viven violencia es importante tomar en cuenta el contexto y los valores, ya que las acciones de protección que se realicen deberán se acordes a éstos, aún y cuando ante los ojos de otras personas no sea lo esperado. Éste ha sido un principio que he intentado mantener presente, logrando entender que las decisiones que las personas toman ante una situación están relacionadas con su momento de vida y con lo que les es importante, muchas veces más allá de su propio bienestar. Sin embargo, en algunas ocasiones me he enfrentado al dilema de cómo atender los valores de algunas personas que me consultan, cuando las acciones de protección que se establecen pueden generar un nuevo tipo de violencia que no es vista por ellas mismas, o que se ve como un mal menor ante la situación problemática o de violencia que se vivía antes de “rescatar a la persona”, con lo cual pareciera que es justificable.

Mi dilema se ha visto exacerbado cuando en ocasiones he podido convertirme en “cómplice” de la violencia al no verla o ignorarla, al tener la posibilidad y responsabilidad de proteger a la persona que está siendo violentada y que, por lo general, no puede defenderse a sí misma por desigualdad en poder, como sucede con las/os niñas/os, las mujeres o personas vulnerables. Este tipo de situación es muy evidente cuando se trata de la madre que no puede ver que su hija/o está siendo molestada/o por su pareja, o la maestra que minimiza cuando alguna/o de sus alumnas/os está sufriendo de violencia por parte de sus compañeras/os.

Como terapeuta me he encontrado en situaciones en las que he podido llegar a ser cómplice de la violencia, cuando se está valorando alguna otra situación que también es importante para quien me consulta. En una publicación de Dulwich Centre, refiriéndose al artículo de Mercedes Martínez, los editores establecen que al “vernos involucradas/os en este tipo de dilemas de valores, cuando tratamos de tomar una decisión con base en una postura ética, una opción de conversación es poder nombrar el dilema ético, así como desempacar la historia detrás de este dilema y del conflicto (Yuen & White, 2007). Aún cuando esta guía la establecen para el trabajo como terapeutas con personas que viven violencia, en lo personal me ha ayudado a poder tomar una postura que va de acuerdo con mis valores al enfrentar problemas éticos como los que menciono.

Incluir el tema de Fracaso personal al realizar el análisis de mi postura ética en este tipo de casos, ha sido fundamental, por la visibilización que hace del poder y la ética, ya que como establece White (2004) es importante tomar en cuenta los aspectos políticos de la práctica terapéutica, y tomar una postura con respecto a la violencia.

Comparto un caso para  ejemplificar los pasos que me permiten tomar una postura política cuando me enfrento a un dilema ético como los que menciono:

Hace alrededor de 20 años, Juan[1], un pequeño de 5 años, me fue referido por su escuela debido a que presentaba conductas violentas constantes hacia sus compañeros/as: mordía y pegaba sin razón aparente, además de hacer berrinches, lo que tenía a las maestras dedicándole gran parte de su tiempo, descuidando en esos momentos al resto de la clase. El pequeño vivía con su padre, de aproximadamente 40 años, y su abuela paterna, quien se hacía cargo de la crianza. Además de la sesión de inicio en donde el padre me explicó que se habían mudado hacia dos meses a la ciudad de México, únicamente tuve dos sesiones más con Juan. Durante estas intervenciones se hizo evidente que el niño había sufrido constantes cambios de domicilio y, por ende, de escuela. El niño llevaba la cuenta de cinco colegios en diferentes ciudades.

Al preguntar a la abuela paterna sobre la madre del pequeño la señora se limitaba a responder “no está”, y cuando yo trataba de investigar un poco más al respecto, tanto la señora como el padre respondían con evasivas. Al finalizar la segunda sesión y darme cuenta de la falta de estructura que imperaba en la vida de Juan, pedí tanto al padre como a la abuela me concedieran una nueva sesión en donde pudiera compartirles algunas preocupaciones sobre Juan. Al continuar las evasivas con respecto a la madre del niño, les pregunté de manera directa si se habían robado al pequeño[2]. El padre terminó por reconocer que llevaban huyendo de la justicia desde hacía cuatro años. Comentó que se había llevado al pequeño por fricciones con su ex-pareja y prefería seguir huyendo toda la vida antes de compartir al niño con su madre[3], quien, según él, no había demostrado ser un buen ejemplo para su hijo al tener diferentes parejas. Intenté llevar la conversación hacia lo que su hijo pensaría de ellos al crecer y cuando ya no pudiera impedir que su madre lo contactara, a lo que respondió que no se iba a preocupar por algo que no estaba pasando en el momento. El padre terminó comentando que de todas formas se tenían que cambiar de residencia aproximadamente cada 5 o 6 meses, así que solamente necesitaba que el niño pudiera estar en la escuela los dos meses que quedaban de clases.

Para mi el dilema en este caso se refería, por un lado, a la preocupación que me generaba saber que el espacio terapéutico era un lugar seguro para Juan y que de alguna manera podríamos trabajar en construir herramientas de convivencia dentro de la escuela; por el otro, saber, en primer lugar, que al trabajar en este caso me estaba convirtiendo en cómplice de un delito y, en segundo lugar, la incomodidad que me generaba que la razón por la que se cambiaban frecuentemente de residencia, era que la madre de Juan no lo había dejado de buscar un solo momento, lo que me llevaba a pensar que era una madre preocupada por su hijo, y que yo no estaba contribuyendo a que pudiera encontrarlo.

Al revisar la historia de los valores que se veían vulnerados ante esta situación, y que me llevaban a este dilema, descubrí que están sustentados en parte de mi historia y en aspectos familiares de los cuales me siento orgullosa. No obstante, a pesar de haber revisado mi dilema y la historia que sustenta cada uno de esos valores, no me sentía capaz de tomar una decisión. Fue en el momento en el que me di cuenta que si yo trabajaba en este caso estaría siendo no únicamente cómplice de un delito, sino que también estaría tomando una actitud pasiva ante la violencia que el pequeño Juan y su abuela vivían al no tener posibilidad de protegerse de las acciones que el padre tomaba para, según él,  “proteger a su hijo” de su madre.

En ese momento tomé la decisión de no seguir trabajando en el caso, le expliqué a los señores que aceptar tomarlo me convertía en cómplice de un delito con el cual no estaba de acuerdo, además de que pensaba que con una situación como la que estaban viviendo, el pronóstico sobre el bienestar  físico y emocional de Juanito era muy pobre. Decidí remitirlos a un paidopsiquiatra, intentando que hubiera alguien que pudiera ayudar al pequeño Juan con la ansiedad que experimentaba, a pesar de cambiar de residencia de manera constante, y con la esperanza de que eso le garantizara, al menos, no mudarse ni cambiar de escuela hasta finalizar el curso.

El caso de Juan y algunas otras personas a lo largo de mi vida profesional me han llevado a mantenerme atenta a los dilemas, la postura ética y los valores que me permiten caminar con mis consultantes, pero es el tema del abuso y la violencia, y la posible complicidad que puedo llegar a tener en ellos, lo que determina la postura política que tomo con respecto a los temas.

En resumen, el proceso que me permite tomar una postura política cuando me enfrento a dilemas éticos es:

1.     Nombrar el dilema o conflicto al que me estoy enfrentando.
2.     Identificar los valores que están siendo transgredidos en dichos dilemas.
3.     Revisar la historia que sustenta cada uno de dichos valores.
4.     Identificar los temas de poder y violencia y el papel que tienen dentro del caso.
5.     Tomar una postura política que me permita evitar transgredir mis propios valores al contribuir de alguna forma con la perpetración o con la invisibilización del abuso.

Cabe mencionar que este proceso, además de haberlo utilizado en mi persona en algunas ocasiones, lo utilizo con regularidad con mis consultantes cuando se enfrentan a dilemas éticos en su vida.



REFERENCIAS

Yuen, A., & White, C. (2007). Conversations about gender, culture, violence and narrative practice (1st ed., pp. 85-97). Adelaide: Dulwich Centre Publications Pty Ltd.
White, M. (2004). Adressing Personal Failure. Journal of Narrative Therapy. Dulwich Centre Publications.




[1] Todos los nombres han sido cambiados buscando cuidar la privacidad de las personas.
[2] A finales del siglo pasado no existían en México asociaciones conocidas, como alerta ámbar, que se dedicaran a la recuperación de niños perdidos. La única instancia conocida era la Procuraduría General de la República, que entonces tenía muy mala reputación con respecto a corrupción y aceptación de sobornos.
[3] Cabe mencionar que la abuela de manera personal me hizo saber que tenían contacto en los juzgados, quienes les avisaban cuando parecía que podían estar cerca de encontrarlos. Además, los datos que daban del niño y de ellos/as mismos/as con respecto a sus generales eran falsos, razón por la cual era muy difícil que les encontraran. Asimismo, cuando las escuelas les exigían llevar al pequeño a atención psicológica o médica, el padre prefería cambiarlo de escuela para no arriesgarse a que lo pudieran cuestionar por la situación del pequeño. Debido a esta información y a la claridad de que en muy poco tiempo se moverían de residencia, tomé la decisión de no invertir energía y tiempo en una denuncia que no prosperaría, y en su lugar buscar algún recurso que pudiera ayudar al pequeño a pesar de su situación.

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